El apagón eléctrico del 28 de abril puso a prueba la resiliencia del sistema energético en la península ibérica. Mientras la red eléctrica colapsaba, el sistema gasista respondió con eficacia y estabilidad. No fue solo un aviso para operadores e instituciones, sino una advertencia sobre la importancia de garantizar la seguridad de suministro y el papel crucial del gas en la transición energética.
Este episodio ocupó un lugar central en la Reunión Anual 2025 de Sedigas, celebrada bajo el lema Gases renovables: energía sostenible para la competitividad y la soberanía energética. El mensaje fue claro: necesitamos un sistema resiliente, flexible y robusto. No es solo una cuestión técnica, sino una condición imprescindible para la competitividad industrial, el bienestar de los ciudadanos y la estabilidad del sistema.
A pesar de los retos, contamos con herramientas eficaces para avanzar hacia un modelo más autónomo, sostenible y seguro. En aquel momento crítico, los ciclos combinados demostraron su capacidad de respuesta inmediata, fiabilidad operativa y versatilidad. Fueron clave para restaurar el equilibrio del sistema eléctrico, confirmando su papel estratégico de cara al futuro, especialmente como complemento a las renovables variables como la solar y la eólica.
La respuesta del sector gasista fue ejemplar. Las empresas activaron sus protocolos de emergencia y coordinación, asegurando el suministro y reafirmando el papel del sistema gasista como pilar insustituible de la seguridad energética nacional.
Este episodio reabre un debate urgente: el de las señales regulatorias. Para mantener operativos estos activos estratégicos, es imprescindible asegurar su viabilidad económica a largo plazo. En un contexto de cierre progresivo de nucleares —desde 2027—, aumento de infraestructuras de alta demanda como los centros de datos y con un almacenamiento eléctrico aún incipiente, el respaldo de tecnologías firmes y flexibles como los ciclos combinados es más necesario que nunca.
Los ciclos combinados no solo reaccionan ante picos de demanda: también están preparados para operar con gases renovables como el biometano y el hidrógeno renovable. Estos vectores están llamados a ocupar una posición central en el mix energético futuro, alineados con los objetivos europeos de descarbonización.
Aprovechar el potencial de estas moléculas verdes es hoy más urgente que nunca. Estos gases renovables permiten reducir la dependencia energética, reforzar la soberanía y mejorar la competitividad, todo ello a partir de recursos locales y utilizando, en gran medida, infraestructuras ya existentes.
La transición energética no puede basarse en una única solución. Los gases renovables ofrecen flexibilidad y escalabilidad, resultando especialmente eficaces para descarbonizar la industria gas-intensiva, el transporte pesado y los usos energéticos de los hogares.
Los datos lo confirman. En 2024, el sistema gasista operó con un 100% de disponibilidad, garantizando el suministro incluso en situaciones extremas como la DANA. Durante el apagón de abril, los ciclos combinados llegaron a representar más del 40% de la generación eléctrica operativa. Este papel vertebrador está reconocido por el PNIEC, que mantiene 26,6 GW de ciclos combinados en el horizonte 2030.
Más allá de la coyuntura, el gas sigue siendo imprescindible. Y lo será aún más si su evolución natural —los gases renovables— cuenta con respaldo normativo. España tiene potencial para producir hasta 163 TWh anuales de biometano, suficiente para cubrir la mitad del consumo actual de gas natural. Sin embargo, la producción efectiva apenas alcanza el 0,1%. Este desfase evidencia que la transición energética no puede desatender la autonomía estratégica ni la competitividad económica.
La revisión del marco retributivo 2027–2032 por parte de la CNMC es una oportunidad crítica. Con una red moderna, interconectada y diversificada, respaldada por más de una docena de fuentes de aprovisionamiento, el sistema gasista español ha garantizado la estabilidad incluso en los peores escenarios: pandemia, crisis energética tras la invasión rusa de Ucrania o fenómenos climáticos extremos. Lejos de ser provisional, es un activo estructural de la transición energética.
Reconocer este valor estratégico exige un marco retributivo justo, predecible y eficiente, que permita mantener las infraestructuras, integrar nuevos vectores, atraer inversión y garantizar una transición ordenada, inclusiva y segura.
Asegurar una retribución razonable no es un privilegio sectorial, sino una condición esencial para mantener una red crítica al servicio de la ciudadanía y de la economía. Porque no hablamos solo de energía, sino de país: de industria, empleo, cohesión territorial y garantía de suministro en un entorno global incierto.
La transición energética será, o no será, con los gases renovables. Por su capacidad de descarbonización, su aporte al equilibrio del sistema y su potencial transformador para nuestro tejido productivo. Ignorar esta realidad sería una renuncia estratégica. España tiene la tecnología, las infraestructuras y el conocimiento para liderar esta transformación. Ha llegado la hora de actuar en consecuencia.