Las calderas de condensación a gas reciben el aval europeo



En la definición de un modelo energético descarbonizado, las calderas de condensación a gas constituyen no solo una solución eficaz para reducir las emisiones domésticas, sino también una alternativa realista y asequible para la mayoría de los consumidores. Así lo avala la última normativa europea sobre eficiencia energética de los edificios, que respalda la utilización de estos equipos más allá del año 2040.

Juan Carlos Giménez

En el catálogo de calderas de alto rendimiento, este tipo de aparatos se caracterizan por su capacidad para reaprovechar una parte importante de los vapores de agua resultantes del proceso de quema del gas. Los modelos actuales están preparados para funcionar con gases renovables como el biometano o el hidrógeno, sin requerir adaptaciones de la actual infraestructura gasista.

El modo de alimentación y funcionamiento de estas calderas están en sintonía con las directrices de la política energética impulsada por Europa. Tal y como ya destacaba un informe de 2023 elaborado por la consultora Arthur D. Little por encargo de Sedigas, la estrategia de promover la sustitución de calderas atmosféricas por calderas de condensación, combinada con la promoción de los gases renovables, constituye la alternativa más eficiente desde un punto de vista económico y con mayor probabilidad de éxito en el proceso de transición hacia la descarbonización de los hogares.

Estos equipos, alimentados por biometano, serán una pieza imprescindible para alcanzar los objetivos de reducción de emisiones en las viviendas establecidos para 2030 y 2050.

Guía europea

La Comisión Europea ha publicado recientemente la guía oficial para la transposición de la Directiva (UE) 2024/1275 sobre la eficiencia energética de los edificios (EPBD), que incluye un anexo específico dedicado a las calderas, que, en realidad, ofrece un aval inequívoco al uso de las calderas de gas más allá del horizonte de 2024.

Sedigas ha llamado la atención sobre el hecho de que el texto “no determina, en ningún caso, un escenario de prohibición de las calderas de gas; únicamente corrige interpretaciones erróneas previas al tiempo que establece criterios regulatorios que reconocen las diferencias existentes entre distintos tipos de combustibles y tecnologías aplicadas en la calefacción de viviendas, oficinas y espacios comerciales”.

De acuerdo con la guía de transposición de la Directiva europea sobre eficiencia energética de los edificios, las calderas que utilizan gases renovables como biometano, hidrógeno renovable o combustibles renovables de origen no biológico (RFNBOs) no serán consideradas tecnologías basadas en combustibles fósiles a partir de 2040. Siendo así, su instalación y funcionamiento continuarán siendo permitidos conforme al marco normativo europeo.

Para Sedigas, esta interpretación refuerza el principio de neutralidad tecnológica y proporciona seguridad jurídica y operativa, tanto a los consumidores como a los agentes industriales y energéticos. La Asociación aplaude el criterio adoptado por las instituciones europeas según el cual el carácter renovable de una fuente de energía no radica en la tecnología empleada sino en el combustible.

Ese principio de “neutralidad tecnológica” es en el que se apoya Sedigas cuando defiende que la electrificación no puede presentarse como la única vía hacia la descarbonización, porque el gas está llamado a jugar un papel determinante.

El sector gasista celebra que las instituciones europeas hayan despejado todas las dudas suscitadas a partir por la publicación del texto original de su Directiva sobre una eventual retirada obligatoria de las calderas de gas actualmente en funcionamiento. Esta posibilidad queda así categóricamente descartada, haciendo innecesario sustituir los equipos existentes si están habilitados para operar con gases renovables, condición que ya cumple la amplia mayoría de los equipos instalado en el parque residencial español.

La bomba de calor no es una opción

Dado el tipo de inmuebles habituales y el poder adquisitivo medio de la población española, la bomba de calor no constituye una alternativa posible ni viable para la reducción de las emisiones domésticas. Así lo apuntan los estudios prospectivos de los que dispone Sedigas, que subrayan que incluso a escala europea estos equipos no constituyen una solución que se pueda aplicar de forma general.

De hecho, en países como Alemania o el Reino Unido, los proyectos para la sustitución de los equipos de calefacción por bombas de calor han sido un fracaso. A pesar de disfrutar de estándares económicos de vida más altos, en los dos países se ha registrado una fuerte contestación social a la implantación masiva de este tipo de equipamientos. En ambos casos las autoridades han recuperado las calderas de gas como una alternativa estratégica para la descarbonización de los edificios, prorrogando su uso hasta 2035 en el caso británico y hasta 2045 en el alemán.

La sustitución masiva de las calderas por bombas de calor en España supondría un coste de 201.000 millones de euros, equivalente a cerca de dos veces el gasto público en Sanidad y 15 veces más que el cambio a calderas de gas de alta eficiencia. Además, sería necesario duplicar la red de distribución eléctrica actual para su suministro.

Este tipo de equipamiento, tanto la unidad exterior como la que se instala en el interior de cada vivienda, demanda mucho espacio. Se trata de un serio inconveniente dado el tipo de edificación predominante en España, llegando su instalación a presentar serios problemas por las limitaciones técnicas de fachadas, patios interiores o tejados.

España cuenta con 18 millones de hogares, que, a diferencia de los países centroeuropeos, se localizan mayoritariamente (cerca del 70%) en edificios multivivienda. El tamaño medio es además relativamente reducido: un 31% tienen menos de 70 m2, y un 40% entre 70 y 100 m2.

Estas estadísticas revelan que el despliegue de las bombas de calor es técnicamente imposible  en más de 3,9 millones de viviendas españolas, y que hay otros cinco millones de hogares donde resulta una solución cuestionable por su complicación e incomodidad. A estos inconvenientes habría que añadir la incapacidad de la red eléctrica actual para ofrecer servicio a la enorme demanda adicional que supondría una implantación masiva de bombas de calor.

Ventajas de las calderas de condensación

Las calderas de condensación domésticas se destinan principalmente a dos usos concretos: la calefacción y la producción de agua caliente sanitaria. Son muchas las ventajas que convierten estos equipos en una solución adecuada para todo tipo de inmuebles.

  1. Elevada eficiencia energética tanto en lo que se refiere a la recuperación del calor latente proveniente de la condensación de los vapores de agua, como desde el punto de vista del poder calorífico superior, con pérdidas por evaporación de apenas un 2%.
  2. Ahorro en el consumo energético de un 30% frente a las calderas convencionales, con la consiguiente reducción en la factura del combustible.
  3. Ahorro económico en la adquisición de los equipos, que poseen un coste sensiblemente coste inferior a los de bomba de calor y, por consiguiente, un periodo de amortización de la inversión más breve.
  4. Son silenciosas, se trata de equipos que, por su funcionamiento modulante y sin paradas, evitan las molestias de los sonidos de encendido y apagado.
  5. Reducen las emisiones. Dado que trabajan a bajas temperaturas, reducen las emisiones de dióxido de nitrógeno (NO2) hasta un 70% con respecto a las calderas convencionales.
  6. Regulación térmica. Estos equipos optimizan la regulación térmica, y un respuesta más eficaz a las variaciones de demanda de temperatura.
  7. Permiten el uso de gases renovables, que no emiten CO2, como el biometano, el bioGLP o el hidrógeno verde, fuentes de energía imprescindibles en la batalla contra el calentamiento global.
  8. Reutilización. Permiten aprovechar las instalaciones de distribución existentes y prolongar su vida útil.
  9. Son aptas para todo tipo de vivienda, ya sean de nueva construcción o no, sin limitaciones de espacio o de condiciones climáticas, y a un coste que se adapta mejor a los niveles de rentas más modestos.