“La danza española es el motor de mi vida” | Antonio Najarro, bailarín y coreógrafo



Ha puesto a bailar a las esculturas más ‘top’ del Museo del Prado, ha dado movimiento a las pasarelas de moda, ha trasladado las castañuelas al cine, también a la ópera, y hasta la ha subido al Metropolitan Opera House de Nueva York. También ha sido, durante años, director del Ballet Nacional de España. Ahora está preparando la segunda parte de su espectáculo ‘La Argentina en París’. Para energía, la de Antonio Najarro, el gran embajador de la danza española.

Pilar Ortega

¿Qué es la danza para usted?

La danza es el motor de mi vida, es mi pasión y es mi medio de vida. Soy muy afortunado de dedicarme a lo que más me gusta.

¿Quién es Antonio Najarro en la distancia corta?

Es una persona normalísima, muy familiar, muy amiga de sus amigos, una persona que vive el día a día con los pies sobre la tierra y que empezó su gran proyecto de vida con 24 años, con su propia compañía. Yo diseñaba el vestuario, tuve que aprender idiomas, redactaba mis dosieres de prensa, mi madre me cosía los trajes, tenía que hacer todo porque empezaba de cero. Soy súper apasionado y sigo teniendo esa energía, y que no me falte…

¿Cómo fue su despertar a la danza?

Yo era un niño tímido, pero un verano, en la Feria de Málaga, con sólo 6 años, me emocioné con los bailes y la estética de los caballos y los trajes y me puse a bailar sevillanas por la calle. Y el ‘Toñín’ se vino arriba. Mis padres me apuntaron en una escuela de danza de barrio en Madrid y aprendí las técnicas básicas de la danza española: toque de castañuelas, zapateados, etc. Estudié después en el Conservatorio Mariemma, y con sólo 15 años participé en la primera gira internacional como profesional en la compañía de Rafael Aguilar. A mis padres les daba cierto vértigo que me fuera a Austria tan pequeño.

¿El bailarín nace o se hace?

Es una combinación. En la danza española hay un componente esencial que es la expresión. Es visceral, fuerza, energía, personalidad… pero tiene que estar en perfecta conjunción con la habilidad técnica. El pellizco, el duende y el arte son fundamentales, pero el trabajo también.

Recientemente ha dado vida en el Museo del Prado a la escultura clásica a través de la danza…

Yo ya dirigí dos vídeos en el Prado, en época de pandemia, con los mejores bailaores de flamenco, bailando junto a las pinturas icónicas de la pinacoteca. Y este año me ofrecieron celebrar el Día Internacional de la Danza en el Museo. Y elegimos las esculturas. Conté con la participación del violinista Ara Malikian y la música de Vivaldi y todo produjo un efecto de magia y movimiento en las esculturas del museo.

Hábleme del ‘oro’ que consiguió en patinaje artístico en unos juegos olímpicos.

Todo empezó en el año 2000 cuando me llamó una pareja de patinadores artísticos de Francia que eran campeones del mundo. Querían mostrar un programa flamenco en los juegos olímpicos de 2002. Me dio bastante miedo, porque el hielo es otro mundo. Me lo pensé y lo vi como un reto importante más. Estuve dos años trabajando con ellos en Lyon y les traté como bailaores flamencos. Les enseñé a zapatear, las miradas, el movimiento de cabeza, de brazos… Y no sólo bailaron una malagueña sobre la pista, sino que ganaron el primer Oro en Francia en Patinaje Artístico sobre hielo.

¿Cuál es el estilo de la danza española que le gusta más?

Me gustan todos y en mi compañía llevamos la escuela bolera, que desgraciadamente cada vez se ve menos. Mis bailarines, todos los días, dan clase de ballet, de danza estilizada, de folclore y flamenco, pero el estilo que más me caracteriza es la danza estilizada, una conjunción de la técnica del ballet clásico y se baila con zapatos de flamenco, con un toque de castañuela muy virtuoso y un diseño coreográfico muy complejo. A mí me encanta coreografiar para grupos.

PREGUNTA CON ENERGÍA

¿Qué gestos se pueden hacer desde el mundo de la danza para cuidar el planeta?

En lo que a mi compañía se refiere, nosotros necesitamos un suelo especial que no tienen todos los teatros. Por eso, llevamos siempre nuestro propio suelo, para que en cada función no se tenga que hacer uno nuevo. Además, prescindimos siempre de escenografías, porque eso genera un transporte extra, y hacemos nuestro diseño escenográfico con luces. Utilizamos un humo de ambiente que es cero contaminante que se consigue con vapor de agua y unas micropartículas. Con la iluminación, conseguimos que los rayos de luces parezcan verdaderos elementos corpóreos. Es decir, que la propia luz dibuja la escenografía. El vestuario lo lavamos con detergentes hiper naturales que dan un resultado magnífico. Todo lo pensamos para que haya menos impacto en el medio ambiente.