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Las olas de frío que se vienen registrando en estas últimas semanas han vuelto a poner de relieve una realidad incontestable: la resiliencia del sistema energético ya no es una cualidad deseable, sino un requisito crítico en un escenario de acusadas y cada vez más frecuentes fluctuaciones climáticas. Episodios de temperaturas extremas —tanto en invierno como en verano— disparan la demanda energética de servicios esenciales, hogares e industria, sometiendo de forma recurrente a crecientes niveles de estrés las infraestructuras, que deben ofrecer respuestas inmediatas, fiables y seguras.
En este escenario, el sistema gasista español ha venido demostrando de forma inapelable que está diseñado para cumplir una función estratégica: garantizar la continuidad del suministro incluso en condiciones operativas extraordinarias. Su arquitectura, basada en una elevada capacidad de regasificación, una diversificación real de orígenes y una red de transporte y distribución mallada, con gran flexibilidad operativa, permite absorber puntas súbitas de consumo sin comprometer la seguridad ni la estabilidad del sistema.
Los datos confirman esta fortaleza estructural. En 2025, la demanda total transportada —demanda nacional más exportaciones— alcanzó los 372 TWh, un 7,4% más que el año anterior. La demanda nacional creció un 6,3% hasta los 331,4 TWh, de los cuales 231,8 TWh correspondieron al consumo convencional de hogares, comercios e industria, mientras que las exportaciones aumentaron un notable 17,4%, hasta los 40,5 TWh. Incluso en un contexto de elevada exigencia, el sistema operó sin incidencias, con una disponibilidad del 100% durante las 24 horas de todos los días del año.
Su capacidad para responder a situaciones críticas quedó especialmente acreditada durante el episodio del «cero eléctrico» del 28 de abril, cuando la disponibilidad del sistema gasista permitió asegurar el suministro a todos los consumidores y, en particular, a los ciclos combinados, cuya aportación resultó decisiva para la recuperación del sistema eléctrico.
Más recientemente, durante la ola de frío de comienzos de enero, entre los días 4 y 7, se registró un incremento extraordinario de la demanda convencional respecto a los valores previstos que llegó a alcanzar los 598 GWh. Este sobreesfuerzo fue cubierto con total normalidad gracias a los niveles de reservas existentes en tanques de GNL y almacenamientos subterráneos, que garantizaron la atención íntegra de la demanda e evidenciaron, una vez más, la solvencia y flexibilidad del sistema.
Esta resiliencia no es fruto de la improvisación, sino de décadas de planificación, inversión y gestión coordinada. No debe darse por sentada. Es más, puede verse seriamente erosionada en caso de que no se preserve adecuadamente la sostenibilidad económica de las infraestructuras que la hacen posible. En este sentido, la revisión del marco retributivo de las actividades reguladas del sector gasista para el periodo 2027–2032 ofrece una oportunidad decisiva para reforzar uno de los pilares críticos del sistema energético nacional.
La transición energética no se construye únicamente con nuevas tecnologías, sino también con infraestructuras robustas, bien gestionadas y adecuadamente retribuidas, capaces de absorber choques de demanda, dar repuesta a situaciones de emergencia y garantizar que la energía llegue precisamente cuando más se necesita. La flexibilidad, lejos de ser un concepto teórico, es un valor estratégico que debe ser reconocido explícitamente en el diseño regulatorio.
Cabe recordar, además, que el sistema gasista se proyecta hacia el futuro como habilitador clave de la descarbonización, en la medida en la que permitirá la integración progresiva de los gases renovables, entre otros, el biometano, el hidrógeno renovable y otros gases bajos en carbono. La modernización y adaptación tecnológica de las infraestructuras no solo refuerzan la seguridad energética, sino que constituyen una condición necesaria para una transición ordenada, eficiente y socialmente sostenible.
En definitiva, no hay transición energética sin sostenibilidad, pero tampoco sin seguridad de suministro. Y esa seguridad se sustenta en redes sólidas, en una operación excelente y en un marco regulatorio estable que reconozca el valor estratégico de las infraestructuras que sostienen el sistema precisamente en sus momentos más críticos. Preservar y fortalecer esta resiliencia es, hoy más que nunca, una decisión de país. |
Naiara Ortiz de Mendíbil Romo Secretaria General de Sedigas
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